El consumo energético se extiende entre nuevos públicos
Las bebidas energéticas dejaron de ser un producto asociado casi exclusivamente con hombres jóvenes. Su expansión hacia nuevos consumidores avanza mediante campañas que las presentan como herramientas para mejorar el rendimiento, mantenerse despierto y aumentar la productividad.
Su historia comenzó a finales de los años setenta en Tailandia, donde surgió Krathing Daeng, una bebida creada para ayudar a trabajadores a mantenerse despiertos durante jornadas nocturnas. Red Bull inició su producción en Austria en 1987 y una década después estos productos ganaron popularidad entre adolescentes estadounidenses.
Las marcas inicialmente buscaron consumidores vinculados con el deporte, pero pronto encontraron mayor aceptación entre hombres adolescentes. El marketing comenzó entonces a relacionarlas con videojuegos, deportes, aventura y adrenalina.
Con el crecimiento del mercado, la estrategia cambió. Algunas compañías adoptaron envases en tonos pastel y colaboraciones con celebridades como Paris Hilton y Kim Kardashian para acercarse al público femenino. Incluso promocionaron supuestos beneficios para piel y cabello, pese a la escasa evidencia científica que respalda esas afirmaciones.
El antropólogo Carles Feixa Pàmpols compara su expansión actual con el papel que Coca-Cola desempeñó durante el siglo XX. Considera que estos productos representan una cultura marcada por la aceleración, la competencia y la productividad.
El crecimiento también preocupa por sus posibles efectos. Su consumo puede relacionarse con arritmias, hipertensión, insomnio y nerviosismo, además de aumentar el riesgo de diabetes.
Una lata puede contener tanta cafeína como dos cafés concentrados. Algunas presentaciones también aportan una cantidad de azúcar equivalente al 10% de las calorías recomendadas para todo un día.
Ana Teijeira, especialista en medicina preventiva y salud pública, señala que el 60% de los países ha implementado alguna regulación. Entre las medidas destacan restricciones publicitarias, límites de cafeína y prohibiciones de venta a menores.
El cambio generacional también resulta visible. Durante la última década, el consumo de alcohol entre jóvenes cayó entre tres y cinco puntos porcentuales, mientras el de estos productos aumentó 13%, reflejando una cultura juvenil cada vez más vinculada con el rendimiento y la eficiencia.
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